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PIRATAS

17 febrero, 2010

Juan Antonio Nemi Dib

Desde aeropuerto de Venecia –ubicado en tierra firme— se llega a la isla por diferentes vías, pero la más usual, la típica, es montarse en el vaporetto, el barquito que hace las veces de camión urbano acuático y cruzar un cachito del Mar Adriático. Luego de algunas escalas –Murano entre ellas— y teniendo enfrente a la majestuosa Basílica de Santa María de la Salud, el bajel atraca en el muelle principal de la Plaza de San Marcos. Se desciende de inmediato, sabido que hay poco tiempo para verlo todo: Il Ponte di Rialto, il Palazzo Ducale, Ca’d’Oro, el Arsenal, la propia Basílica de San Marcos con su Campanile (la torre del campanario) y, faltaba más, un espresso y una tarta de cioccoloato en el Florian, mientras los violines y el piano arroban al compás de “Anónimo Veneciano”.

Pero no ha hecho más que poner los pies en el borde del muelle cuando decenas de vendedores lo sacuden a uno (quizá con la misma intensidad y virulencia que los marchantes de artesanías agobian y hasta asfixian a los turistas en Teotihuacán). La gran mayoría de ellos parecen de origen africano y es visible su desesperación por vender. Bolsos de piel y tela, imitaciones baratísimas de las marcas de moda constituyen su principal producto. No se escuchan los acordes de Vivaldi, ni de Wagner ni de Stravinski, ni siquiera el “O sole mío” d’il Gondoliere, pero sí los regateos frenéticos y las cantaletas de venta en todos los idiomas posibles: “lleve tres, pague dos”. La escena más patética ocurre en la boutique de una marroquinería de alto diseño francés, un hermoso lugar con paredes labradas en piedra: dentro, maletas de 2 mil euros y carteras de 900; fuera, en su misma puerta, apenas separadas por los imponentes aparadores de cristal, las mismas piezas, o “casi las mismas”, en el suelo, a 20 o 25 euros, según el caso.

La duplicación ilegal de productos de consumo ha evolucionado a tal punto que ahora existen no sólo copias comunes, sino clones, es decir, ejemplares capaces de engañar aún a los expertos; mientras más perfecta es la copia, mayor su demanda y, por supuesto, más alto su precio. Joyas, relojes, artículos de escritura, medicamentos, alimentos, licores, repuestos, telas, juguetes, sartenes, perfumes, ropa, calzado, comida, libros, para no pensar sólo en música, películas y videojuegos.

Los casos más insólitos que recuerdo tienen que ver con chiles frescos xalapeños y de otras variedades, todos piratas, importados ilícitamente a territorio mexicano por miles de toneladas desde China y otros sitios del Oriente y los estrictos controles que tuvo que aplicar el Gobierno de EUA a las refacciones y equipos de reparación de aviones, al descubrirse que el origen de varios accidentes aéreos estuvo en la utilización de piezas copiadas a bajo costo, que no cumplían las especificaciones originales y que se vendían en un escandaloso mercado negro.

También está el caso de la cerveza Corona, burdamente copiada por los chinos como “Cerono”. Pero hay otras historias aún más patéticas, como la de un laboratorio farmacológico de Barcelona que aparentemente con buena fe, compró a China la materia prima de un jarabe para la tos que se vendió a la seguridad social de Panamá, causando la muerte, por lo menos de 142 personas, debido a que dicha sustancia era falsificada. Lo cierto es que los chinos no se detienen ni cuando se trata de ellos mismos: 10 de sus bebés murieron y 300 mil enfermaron –algunos con graves secuelas— debido a que alguien adulteró la leche agregándole melamina.

En el plano del consumidor, ocurre que a veces usa productos piratas sin saberlo. De acuerdo con expertos, en México el 40% de la gente que compra mercancías copiadas ilegalmente no conocía que lo eran. En Rusia, la proporción llega al escandaloso 79%. Alimentos y medicamentos son las mercancías más usuales con que se daña doble: al dueño de la marca y al comprador sorprendido. Pero también es cierto que 9 de cada 10 encuestados mexicanos aceptaron no tener problema para comprar deliberadamente productos ilegales: ricos, pobres, jóvenes, adultos, hacen compras de piratería con tanta frecuencia que forma parte de sus hábitos de consumo.

Según El Universal: “La piratería en México superó, en 2009, a los principales rubros de ingreso nacionales, tales como narcotráfico (40 mil millones de dólares), petróleo (casi 25 mil millones), remesas (21 mil millones de dólares) o turismo (11 mil millones de dólares), de acuerdo con la American Chamber… El impacto que las ventas de productos apócrifos causan en la industria se estimó en 964 mil 688 millones de pesos, unos 74 mil 699 millones de dólares, que representan 9% del PIB, según la tercera ‘Encuesta de Hábitos de Consumo de Productos Pirata y Falsificados en México’ que dio a conocer la Cámara. Una proyección señala que en 2015 representará pérdidas para la industria por más de un billón de pesos.”

Pero nadie me puede negar que la piratería veneciana es mucho más romántica.

antonionemi@gmail.com

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