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SILVESTRE

30 diciembre, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

Nacerá el último día del año, alrededor de las cinco de la tarde, en una clínica privada de mediano pelo. Podría ser un parto natural pero el médico dirá a la madre que el cuello de su útero es demasiado estrecho, por ser ella primípara, y le recomendará una cesárea. Lo que el doctor no dirá a su impaciente paciente es que, con el procedimiento quirúrgico, él podrá irse a su cena de fin de año sin esperar a que el trabajo de parto llegue a término quién sabe a qué horas; tampoco le dirá que así, con cirugía, la cuenta del sanatorio crecerá un poco y sus honorarios un mucho. Él sabe que en casos como este una recomendación suya, por sutil que sea, equivale a un decreto de esos que se cumplen a rajatabla.

La novel progenitora sufrirá severa depresión postparto, igual que la mitad de las mujeres de este país; sin embargo deberá pasarla por alto porque su nueva y enorme cauda de responsabilidades exigirá absoluta atención y no habrá tiempo para distracciones, ni siquiera las derivadas del abatimiento de su estado anímico causado por los trastornos hormonales de parturienta.

Madre y padre se prepararon para la factura hospitalaria –también para los pañales, la ropa, la bañera, la silla del coche, la cunita portátil y los biberones— de modo que la vista está en otra parte, concretamente en la búsqueda de una solución para el cuidado del bebé en sus primeros meses de vida. Ella tiene derecho a 90 días de licencia laboral por maternidad pero sabe bien que si usa esa prestación está garantizando automáticamente el fin de su chamba; si acaso, cuando regresara a trabajar se encontraría con un cheque de liquidación y ninguna posibilidad de conseguir otra. Ni lo mande Dios. Por eso quiere tomarse nomás quince días, no tanto para reponerse del parto y atender a Silvestre en sus primeras semanas, sino para encontrar quien se quede con él durante el día. Y es que la abuela materna también trabaja y la paterna necesita que la cuiden a ella, por achacosa y enferma.

El papá intentará conseguir las guardias de fin de semana en la oficina; espera reunir los recursos que les permitan pagar a una asistente de confianza que se haga cargo del chamaco y de la casa, por lo menos hasta que la esposa regrese por las tardes; lo que no sabe es que su puesto, precisamente su puesto, es uno de los muchos que serán [recortados] [liquidados] [cerrados] [desaparecidos] [cancelados] sometidos a una “reingeniería” para que la empresa enfrente con éxito los embates de la crisis económica y la reducción de las ventas (es decir, que mantenga su nivel de utilidades, a costa de reducir el número de empleados y someter a los que queden a un clima de terror que eleve su rendimiento).

Así empezará la vida de Silvestre, entre la frustración y la alegría, el orgullo y la zozobra por el futuro. Después vendrá el viacrucis para conseguir la “casa” de 38 m2 –y el dinero para cubrir la hipoteca—, para obtenerle un sitio al niño en una escuela relativamente cercana; ambos tendrán que involucrarse en la economía informal para agenciarse unos pesos extras (ella vendiendo ropa en abonos a sus compañeras de trabajo; él, reparando computadoras a los vecinos). Estadísticamente a Silvestre le corresponderán uno y medio hermanos, con un poco más de posibilidades de que sean hermanas; nacerá inmunodeprimido y probablemente requiera tratamiento contra el asma bronquial hasta su adolescencia; deberá disputar a otros por el acceso a las limitadas plazas de educación media superior y de universidad; tendrá que aprender lenguas extranjeras –inglés y mandarín, con toda certeza— e intentará estudiar un postgrado en el extranjero [soñar] que se convierta en la llave que le abra las puertas de un trabajo [soñar] [soñar] razonablemente bien remunerado [soñar] [soñar] [soñar] que le permita casarse, tener hijos y formarlos para que se incorporen a la “economía productiva” igual que él e igual que sus padres. Competir será el verbo que conjugue en su vida, competir, competir. [También soñar, aunque éste sea inconsciente].

En el ínterin de la competencia, Silvestre –siempre con base en las estadísticas— intentará sin éxito ser futbolista de la primera división, rock star y organizador de eventos sociales; se asociará con amigos de la escuela para montar un video bar que habrá fracasado (como el 92% de las microempresas mexicanas) antes de dos años, chocará dos coches e irá dos veces a la delegación, por escandalizar en la vía pública y por estragos posteriores a un concierto. En el segundo año de la carrera intentará independizarse y montar su propio departamento, pero ello no pasará de una fantasía que ni siquiera llegará a comentar a sus padres; en sus condiciones económicas un departamento rentado y un Lamborghini serían lo mismo: inalcanzables. Sufrirá dos decepciones amorosas y será causa de otras tantas, antes de vivir –en casa de sus padres— con su pareja “definitiva”.

Una y media amiga de Silvestre (nefastos cálculos estadísticos que sólo sirven para divisiones imposibles de personas imaginarias) habrán abortado antes de los 22 años de edad y casi 60% de sus compañeros de escuela no concluirán los estudios de primaria, de secundaria, de bachillerato y, muy especialmente, los universitarios. Pero Silvestre sí, y será afortunado. Afortunado por formar parte de una familia integrada, por ser querido en su entorno, por tener expectativas –es decir, sueños— y la fuerza para acometerlas, porque no piensa en reproducir mediocridades sino en prosperar junto con los suyos. Silvestre buscará el camino de la felicidad y amará la vida. Silvestre llegará con el año nuevo y eso será suficiente para derrotar cualquier adversidad y hacer que los demás, sus padres principalmente, vean el futuro con emoción y optimismo. Silvestre y su cumpleaños harán pensar, siempre, en días mejores.

antonionemi@gmail.com

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