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CANAS

1 diciembre, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

Me llegó un nuevo cumpleaños. Tradicionalmente mi celebración se reduce a un menú de sopa de fideo –hecha con caldo de res—, bisteces empanizados y papas fritas, tres grandes engordadores que normalmente están prohibidos en casa pero que mi esposa me concede en esa única fecha del año porque sabe lo que me gustan. Un amigo entrañable con quien comparto varias coincidencias en el calendario nos hizo el favor de acompañarnos y pudimos festejar juntos durante la comida, en familia.

Admiro mucho a las personas que se organizan pachangas con cualquier pretexto, especialmente los cumpleaños. A mí no se me dan. Las fiestas me encantan y las disfruto cuando no tengo que organizarlas ni soy el motivo de ellas; me incomoda especialmente el no poder invitar a todas las personas que debiera y sostengo la tesis de que la mejor forma de no ser desatento con nadie es no invitar a nadie. Por primera vez, cuando iba a cumplir los 40, decidí organizarme un jolgorio en toda la regla pero las circunstancias sencillamente no lo permitieron, hubo asuntos realmente difíciles, que acabaron con las ganas y la posibilidad de celebrar. Desde entonces no he vuelto a intentarlo.

Algunas veces, tres o cuatro, me ha tocado pasar cumpleaños estando fuera de casa, no sólo de paseo, también por trabajo. En esos momentos, casi en soledad, los aniversarios de vida adquieren connotaciones diferentes, menos festivas; la melancolía hace lo suyo y uno tiende a la reflexión, a revisar, a hacer balances y, sin quedan ganas, a plantearse propósitos para el próximo ciclo de vida. A propósito de esto, leí en algún sitio que lejos de celebrarse los cumpleaños debieran ignorarse, porque se trata del recordatorio fatal de que envejecemos y nos acercamos más, sin que nadie pueda evitarlo, al último de los cumpleaños y al último de los días de vida; en lugar de decir “felicidades por un año más” sugieren que uno tendría que expresarle al festejado (a): “mi pesar por un año menos de vida”.

Seguramente que esta línea de pensamiento incluye a las personas que, entre bromas y veras, suelen decir que a partir de cierto momento de sus vidas ya no cumplen sino “descumplen” años; y en el extremo están quienes necesitan quitarse unos años de encima, sencillamente porque la carga que les significa envejecer es mayor que la capacidad de soportar la senectud progresiva. Hay casos patéticos, de personas que acaban siendo apenas dos o tres años mayores que sus hijos, porque se van a los extremos en el descuento de anualidades, como banco hipotecario buscando clientes incautos.

Y, por cierto, se equivocan quienes suponen que este “quitarse años” es privativo de las mujeres; el mercado de tintes de pelo y otros afeites rejuvenecedores tiene importantes clientes en el segmento masculino. La vanidad no distingue sexo. Y conste que los expertos aseguran que una dosis de autoestima es necesaria y que verse bien, sentirse bien y comprobar que los demás lo ven bien a uno es indispensable para una vida armónica y productiva, de modo que yo no critico –líbreme Dios— a quienes usan recursos químicos, quirúrgicos, metabólicos o simplemente “fashion” para verse y sentirse menos viejos.

Yo no sé si los métodos rejuvenecedores me reportarían a mi algún provecho. Soy el menor de cinco hermanos; el primogénito es 16 años mayor que yo y, sin embargo, en no pocas ocasiones nos han preguntado en cuántos años lo supero. Nunca me he atrevido a cuestionar a quienes lo creen si piensan que él está muy bien conservado y juvenil o si yo estoy muy fregado, o ambas cosas. Y no lo pregunto siguiendo la conseja de que el que no quiera ver visiones, mejor que no salga de noche, además de que sé muy bien la respuesta que recibiré.

Aunque sea en plan de venganza, suelo explicar que yo he trabajado mucho desde muy joven y hace tiempo adopté el símil del motor al que se hace funcionar sin aceite, sin lubricante, y por ello tiene un mayor nivel de desgaste. Alguna vez pensé en usar la fórmula explicativa de que he pasado hambres en mi vida como causa de mi prematuro envejecimiento, pero rápido deseché ese discurso porque me di cuenta de que caería por su propio peso o, mejor dicho, por mi propio peso.

Todo esto viene a cuento porque esta mañana, al lavarme los dientes comprobé que los escasos pelos que aún cubren mi cabeza están encanecidos. No es aún el caso de José Alfredo Jiménez, con el pelo completamente blanco, porque me quedan algunos residuos tenues de castaño, pero falta poco. En realidad reconozco que se trata de una férrea competencia, a ver quién gana primero: si la calvicie o las canas. Ya veremos. E insisto: para conocer el resultado de esta contienda no habrá que esperar mucho.

No tengo los medios para costearme los famosos implantes de pelo que, por cierto, no sé si funcionen y si, conservándose, acabarán encanecidos también. No creo en los bisoñés: me imagino el pegamento escurriendo por la frente acalorada y un nervioso rasca rasca que acabe cambiándolos de lugar. (Por cierto, ¿huelen a sudor craneano las pelucas?, ¿se lavan diario con champú?, ¿son de plástico o de pelo de muerto?) Y definitivamente yo no tendría la paciencia para pintarme las raíces del pelo cada semana.

Me temo es que, por ahora, lo que me queda es llevar las canas –y mis 47— con dignidad, por lo menos hasta que ésta se me acabe. Entonces ya veremos.

antonionemi@gmail.com

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