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SABIDURÍA

17 agosto, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

“El Reino de Dios no es algo que debamos esperar: no tiene ayer ni
mañana, y ni siquiera llega a tres mil años. Es la experiencia de un corazón: existe en todas partes y en ningún lugar en concreto…”.
Luther Blissett, “Q”
La costumbre enseña que hay taxistas cuyo destino perpetuo y bien ganado podrían ser las casas de salud mental, como eufemísticamente se llama ahora a los manicomios; dentro de ellas harían menos daño que fuera, “ruleteando” y poniendo en vilo vidas propias y ajenas. Y no es de gratis: desgastantes y peligrosas jornadas de trabajo –generalmente de 12 horas, nunca menores de 8—; corretear (literalmente) para disputarse frustrados pasajeros que necesitan el transporte pero que no siempre lo usan, no por falta de ganas sino de dinero para pagarlo; el calvario que implica juntar lo de “la cuenta” para el dueño del vehículo y/o titular de “las placas”, rellenar el tanque de gasolina, pagar la lavada del taxi y un par de “chescos pa’ los agentes de tránsito”, son tareas titánicas que dejan chiflado a cualquiera, especialmente en tiempos bursátiles.
Y eso sin contar con los obligados y bucólicos cruces con distinguidas damas que asombran por su capacidad para –simultáneamente— enchinarse las pestañas con cuchara, hablar por celular, revisar la tarea de los chamacos que gritan en los asientos traseros, tocar de solistas con la bocina del claxon sinfonías de 5 o 7 movimientos y exquisito significado, acompasadas con cálidas señas a base de dedos, puños y codos y, por increíble que parezca, hasta manejar el coche cambiando de carril sin previo aviso cada 5 metros. (Y que no se tenga esto por comentario misógino sino como mero apunte de hechos demostrables a través del método científico más riguroso).
Pero también los hay –aquí vuelvo a los señores chafiretes de taxi— que reivindican a su especie. Son los menos, pertenecen a una clase especial, pero su apostolado trasciende. Suelen ser amables, tolerantes, comprensivos y, por el precio de la “corrida” –el viaje— no alcanza uno a pagarles el conocimiento que compendian y que generosamente comparten; son garbanzos de a libra, diamantes nítidos que, igual que los cantineros pero sin el reconocimiento social que injustamente monopolizan los “barman”, también escuchan a sus clientes con paciencia infinita, brindan consejo oportuno en el momento oportuno y se revelan a los pasajeros como fuente de sabiduría.
Todo por el mismo boleto y con la ventaja adicional de que el diálogo se profundiza y se hace personal porque, a diferencia de las peluquerías, no hay público ávido de chisme. Increíblemente, hay ocasiones en las que uno agradece las eternas obras públicas (y no me refiero en particular a Circunvalación ni a Rébsamen ni al segundo piso del Periférico ni al Trébol de la Luz, no, no…), los estacionamientos en doble fila y hasta las manifestaciones que prolongan estos consultorios del alma sin subida de tarifas. Es cuestión de suerte encontrarse con uno de ellos. Y yo volví a tenerla.
Salía del consultorio del dentista con retraso para mi noticiero de radio y supuse que sería más fácil llegar a la oficina caminando las 10 o 12 calles que esperar un taxi y luego bregar con el tráfico pero no llevaba yo una recorrida –en plena cuesta de Ávila Camacho— cuando el taxista frenó su marcha y me invitó con un “Vámonos, amigo”. Lo que siguió fue completamente natural, como si se tratara de una cita programada con el psicólogo. Esperó a que terminara mi conversación telefónica –pedía yo a mis compañeros en la oficina que empezaran la emisión sin mí— y de una manera sutil y amable, me dijo que la vida es breve, que se pasa en un suspiro, que no vale la pena desperdiciarla y que correr todo el tiempo es, precisamente, una forma de desperdicio, como también enfadarse por los incidentes de tráfico: “si se enoja, le regala usted su felicidad a quienes lo agreden”.
Me dijo que ama su trabajo y que una parte esencial del mismo, la que más aprecia, es conversar todo el tiempo con decenas de personas diferentes. Gracias a eso, aseguró, ha disfrutado cada uno de los últimos 30 años –ni más ni menos, 30— conduciendo taxis. Con 3 décadas de taxista supuse que el auto (y por ende, el permiso) era suyo, pero volvió a sorprenderme con la respuesta: asegura que sus ingresos como chofer son suficientes para que él y su familia vivan dignamente, con sus necesidades básicas cubiertas, aunque –por supuesto— sin excesos.
Le repliqué que podría hacer exactamente lo mismo con un taxi propio pero se rió mucho y me dijo que entonces no estaría trabajando para pagar –como ahora— al flotillero, sino a la concesionaria de vehículos, a la aseguradora, al dirigente infecto de alguna organización gremial y, faltaba más, a una que otra autoridad corrupta. Para entonces habíamos llegado a mi destino. Estacionó el taxi, apagó el motor y se recargó sobre la puerta del coche, para verme de frente sin necesidad de torcer la cabeza. Evidentemente la conversación iba a continuar y, ya cautivado por mi interlocutor, no me molestaba en absoluto, con todo y noticiero empezado.
Me dijo que, sacando cuentas, si tuviera un taxi “propio” los compromisos serían mayores, que se vería obligado a trabajar el doble, que estaría estresado y de malas todo el tiempo y que, seguramente, le quedaría casi el mismo dinero que ahora. Volviendo al tema de la brevedad de la vida me dijo que ninguna factura de coche y menos aún, ningún pagaré cancelado con sudor e insomnio compensan la falta de tranquilidad. “Todo lo que gano es para mi familia, para ellos es el producto de mi trabajo”.
Le pregunté quién le había inculcado esa visión del mundo y me respondió que pasa mucho tiempo pensando, que desde los 9 años –tiene sesenta— aprendió a pescar y que religiosamente cada semana, los viernes al medio día se va a distintos puntos (cada vez más lejanos) del litoral del Golfo de México a practicar ese deporte que se hace en solitario y en silencio y que pasa las noches acompañado de su caña y de sus reflexiones.
Me describió esteros, ríos, lagunas y acantilados que hace apenas 20 años le daban agua fresca y comida a numerosas familias –langostinos, jaibas, acamayas— “y hasta unos pesos de más, si tenían una emergencia” y que hoy pululan de excretas y botellas de plástico. Asegura que es una tendencia autodestructiva e inexplicable del género humano y que ser testigo de ella le duele especialmente. Se despidió aconsejándome que no me prive de nada: “cómase esa cazuela de frijoles con manteca, quizá mañana ya no pueda usted”. Dijo que no hacerle daño a nadie es el verdadero camino de la felicidad.
No me dijo su nombre ni registré el número de taxi que conduce. Mejor. Así pensaré que cualquier taxista con quien me tope me merece respeto y mucha consideración.
antonionemi@gmail.com
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