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Un burdo rumor

8 julio, 2009
Y aunque en rigor no es mejor

por ser mayor o menor

ciertamente es un burdo rumor.

Javier Krahe

Si por alguna extraordinaria curiosidad o azar del destino me preguntan el porqué de preferir autores españoles en mis epígrafes a lo nacionales, la respuesta es simple: ellos son, desde cualquier punto de vista, los padres de nuestra política mexicana, ellos trajeron a México, como ya lo saben, el ayuntamiento que, como muchos campesinos de los de antes bien sabe, es unir –o uncir, para el caso da lo mismo- a dos bueyes mediante una tranca que por medio del yugo, que a su vez es un collar de cuero duro que se le pone a estos para que, por medio del barzón jalen la yunta entre los dos animales y así poder arar la tierra y se dice que están ayuntados… el contrato matrimonial también menciona a los ayuntados.

Lo que usted quiera pensar después lo dejo a su muy respetable y libre albedrío, ya que al igual que a Dios –al fin y al cabo también soy demiurgo- me importa muy poco, pero le doy el lugar que le corresponde, como se le da a las ancianas en los autobuses, a los curas en los burdeles, a las muchachas en los cruceros –más si llevan minifalda- y a los niños en las fiestas de pederastas… lo bueno que en Veracruz no se tocan y ahí la dejo (ya se saben el resto, para que abundar.)

Y ya que hablo de abundar, aquí hago un espacio para el consejo de un excelente amigo, priista de viejo cuño, disciplinado, alineado, institucional y, aunque en ocasiones pierde su sal y su pimienta (el escribir de esa forma), nos planteamos a hacerlo objetivamente, puesto que:

Primero.- La ocasión lo amerita.

Segundo.- La cabeza es redonda, para permitir al pensamiento cambiar de dirección.

El domingo 5 de julio, los mexicanos tuvimos elecciones, unas elecciones, como lo señalé en su oportunidad, de estado y dirigidas por la federación con operadores que, se supone, sabían hacer su trabajo pero (y que bien suena esa preposición ahora) omitieron poner buenos candidatos o por lo menos, gente cercana a la gente, creíble… ay que penita y que dolor.

Los resultados: un desastre institucional para Acción Nacional que comienza a cosechar lo que ha sembrado en 9 años y no ha sabido hacer: acercarse a la gente. Por su parte, el Revolucionario Institucional demostró que, más sabe el diablo por viejo que por diablo, en nuestro caso, como apuntara El Merovingio, ese personaje que, por antipático fue tan fascinante en la trilogía The Matrix: our bussines is to know.

Pero –aquí es inevitable- en Veracruz las cosas no siempre fueron así y, emulando a Borges, referiré tan sólo el día que todo cambió y no fue precisamente el domingo 5 de julio.

El 1 de julio, un rumor cimbró las bases del priismo veracruzano: Héctor Yunes Landa deja la junta de coordinación política de la LXI Legislatura para irse a la dirigencia del tricolor estatal, el rumor lo hicieron crecer desde palacio de gobierno, debo reconocerlo, muchos de nosotros, sin pensarlo, mordimos el anzuelo como novatos pues, la carnada era muy buena.

Pero no paró ahí, Yunes ni lo afirmó ni lo desmintió, sino todo lo contrario –adoro el dulce perfume del rumor- hizo que creciera a niveles institucionales y consiguió un objetivo que Fidel Herrera Beltrán no advirtió en su momento –o tal vez sí y por eso lo hace-: Héctor Yunes Landa es, de manera natural y en este preciso momento, el candidato para la gubernatura veracruzana, pero del dicho al hecho (ahora fríamente analizado) falta la decisión del gobernador.

Ese primero de julio hizo que, los movimientos y declaraciones subsecuentes pasaran casi desapercibidos, Vg.: el arribo de Eduardo Andrade al IFE como representante del PRI, la emigración momentánea de gente de prensa y política a Córdoba, en carácter de “observadores electorales”, el apoyo que, de repente, le brindaron a Jorge Carballo Delfín, quien prácticamente esperaba su relevo en un partido que se quedó sin recursos y se llenó de deudas y que, además, lentamente se comenzó a llenar de enemigos, entre estos, gente de prensa que comenzaban a bombardear a Carballo casi a mansalva y de paso, al bonachón y dipsómano Mario Lozano Carbonell.

Claro, no es para menos, un casi millonario adeudo a medios de comunicación –con sus excepciones- veracruzanos que lo que mejor que saben hacer es golpear y duro, ya sea para conseguir cargos públicos como los que consiguió en el presente sexenio El Gráfico de Xalapa, o el cargo en la biblioteca de la legislatura respaldado por Milenio El Portal, el momentáneo paso del director del AZ por el IPE, en fin, que ejemplos abundan.

Y el temblor que ocasionó aquel rumor, tuvo sus réplicas todavía hasta la semana que está corriendo, es decir, la del 6 al 10 de julio, pero que se detiene desde ayer martes en la tarde, gracias a los resultados obtenidos en Córdoba, el más grande experimento político en la historia de nuestro país y cuyo recuento aun no puedo creer, pero está ahí: 75,582 votos contra los 69,968 obtenidos en Perote por Pepe Yunes, aun así, la diferencia es marcada: Duarte gana por 2 a 1 mientras que Pepe lo hace por 3 a 1… y con menos recursos.

No es momento de pegarle al delfín del gobernador, Javier Duarte, sólo señalaré que, si mi informante es auténtico, entonces Duarte de Ochoa tendrá que enfrentar en los tribunales una acusación por compra de más de 200 casillas en 300 mil pesos cada una en su distrito, no me consta, pero lo apunto para el anecdotario, en caso de que no se llegue a dar pues, los panistas aseguran tener muy bien documentado el caso Córdoba.

Hoy, esos resultados, me refiero a 18 distritos de 21 obtenidos por el tricolor en Veracruz, hacen comentar hasta al más imparcial de los imparciales y lo que es mejor, fuera de Veracruz, que para el 2012, el PRI tiene 4 gallos para la presidencia y uno de ellos es Fidel Herrera, si lo hubiera puesto Quirino Moreno en su repechaje o Tulio Moreno, flamante director de La Jornada Veracruz (felicidades Tulio, que envidia… pero no tanta) y premio nacional de periodismo, además de ex sub director de Milenio El Portal pues, la reacción no sería igual y con esto no estoy minimizando el trabajo de mi muy respetado y admirado amigo Quirino ni el del excelente analista Tulio, pero lamentablemente es obvio.

Pero si lo pone por escrito Jorge Gerardo Castañeda Gutman, hijo de Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa —destacado diplomático e historiador que ocupó la Secretaría de Relaciones Exteriores de 1979 a 1982, durante el sexenio de José López Portillo— y de Neoma Gutman, originaria de Bielorrusia, intelectual autor de varios libros y colaborador de, entre otros: Reforma (México), El País (España), Los Ángeles Times y en la revista Newsweek (EE. UU.).

Obviamente el comentario es mucho más que trascendente y mucho más que contundente y tras el resultado en Veracruz -¡carro completo!- obviamente que los bonos de el gober preciso subieron como la espuma y aquí reitero y corrijo: quien se convierte en el líder indiscutible de la bancada jarocha en el Congreso de la Unión es Javier Duarte de Ochoa y con ello, en la opción número 1 para relevar a Fidel en el 2010.

Por lo que esperamos, gracias a los resultados del domingo 5 en las urnas nacionales, el presidente del empleo se dedique realmente a la creación de empleos, nos quite de encima esta devaluación histórica que le está partiendo la médula al país y deje de jugar con nuestro glorioso ejército nacional a abrirle paso a los negocios del chapo, so pretexto de combatir el narcotráfico.

Que Miguel Ángel Yunes Linares afine muy bien su estrategia porque, después de los resultados –los políticos no se dejan impresionar por los colores, sino por las cifras y en jarochilandia, el PAN perdió 832,377 contra 1,112,296, es decir: 279,919 votos- tan sólo en Xalapa, esa cifra se rebasa con una mano en la cintura, por lo tanto, que el estado se haya pintado de rojo, no significa que el PRI la tenga cien por ciento segura para el 2010 y es aquí donde, si viene Miyuli, Duarte no es garante de triunfo para Fidel.

Héctor tiene mayores posibilidades en ese aspecto, mejor aún, si como todo parece indicar, Dante Delgado está a punto de perder el registro de su partido, Herrera Beltrán deberá calcular muy bien sus posibilidades y afinar su estrategia muy bien, sobre todo, si lo que quiere es continuar vivo políticamente un par de años más tras su salida.

Lo diré hasta la saciedad: puedo ser el más acérrimo crítico del fidelismo, pero el más grande admirador de Fidel porque es un experto en el arte del maquiavelismo, porque sabe jugar sus cartas, porque le importa lo importante… sí me siento a jugar ajedrez con él algún día… o lo invito a jugar AOE, lo que pase primero, ambos son grandes juegos de estrategia.

Que el PRI se fortalece en la entidad y Herrera Beltrán recupera su estatus demeritado –que no perdido- para el 2012, la respuesta la dará la visita de Beatriz Paredes al estado de Veracruz el próximo domingo, a un consejo político que se mantuvo en secreto mientras el temblor del 1 de julio causaba estragos en el interior del mismo PRI.

A nivel nacional, sólo vean el panorama, Peña Nieto ganó en los estados en los que operó políticamente, Manlio Fabio –a pesar del tambaleo porque el candidato natural se cambió de camiseta- también se afianza a pesar de que Sonora tiene resultados de 374,228 contra 403,332, es decir, 29 mil 104 votos, de acuerdo al último resultado del PREP, los definitivos serán dados a conocer hoy en el transcurso del día, pero ambos se posicionan en la carrera al 2012 y Manlio con posibilidades, todavía, de negociar con cualquiera.

Paredes llega al Congreso de la unión para ser la líder indiscutible de la bancada priista que sube a más de 200 y anuncia estancamiento con bombo y platillo a la federación y sus iniciativas y un Herrera Beltrán que logra colarse por la puerta grande con un triunfo indiscutible en cuanto a territorialidad, pero sí deja mucho que desear en las urnas, 280 mil votos no son muchos aunque hagan la diferencia y Fidel, aunque lo sabe, se da cuenta también que, en cuanto anuncie a su sucesor, quedará, automáticamente, sin poder y con dos años de distancia para lo que sea.

En Veracruz no mencionaré los desaguisados que pasó Mario Lozano, ni lo que, de su ronco pecho hizo estremecer a más de uno en la esquina de Ruiz Cortines, pero si sintieron muy feo el temblor y eso que el epicentro fue en el congreso del estado, ya no hablo de los cotos de poder al interior del partido y mucho menos, de lo que está por venir después del domingo 12 de julio, pero la presión, a pesar de todo, se va a sentir y a tres días del domingo, todo puede suceder… incluso, hoy mismo.

Pero Bety viene a calmar los ánimos, a apapachar a Fidel (más recursos al PRI nacional, no olviden que lo mantienen los gobernadores y ya dije mucho) y a reiterar en su lugar a Jorge Carballo, Carla Rodríguez y con ellos, a todo el equipo, que es lo que se dice ahora, después de que, desde Enríquez 4 hicieran circular el rumor de que, para el relevo había 3 gallos, el otro en importancia sería Lalo Andrade; si los resultados hubieran sido otros, no precisamente adversos, otro gallo estaría cantando en el PRI veracruzano en estos momentos, el jefe nunca se equivoca, ergo, nunca pierde.

Pero esto no es para minimizar el efecto del temblor, por el contrario, es de llamar la atención el que, aun fuera de tiempo, los priistas primero y después los demás o viceversa, dieran un voto de apoyo y respaldo a Héctor Yunes como posible relevo de Herrera Beltrán en Veracruz, otros, el de repudio y sin embargo, lo que importa es eso, que Yunes demostró, por sí o por no, que tiene posibilidades y muchas y que, ¡claro!, también tiene corifeos y muchos y de peso.

-Muchos peros verdad- pero fueron inevitables, como el que acaban de leer, como el castigo que tendrán que padecer muchos que no hicieron la tarea, por ejemplo: Manuel Rosendo Pelayo que, por más que hizo la lucha –dice- no pudo conseguir el triunfo de su candidato Jorge Uscanga –quien, por otra parte, representaba, de ganar, un serio peligro para los planes de la familia Herrera Beltrán- pero que tal Manuelito, las divertidas que te dabas en El Agasajo con varios de tus cuates… dime que no.

Hoy, Yunes Landa rinde su último informe al frente de la Junta de Coordinación Política, premian con esta a un operador que también perdió un distrito importante pero no importa, lo interesante ahora es quitar a Héctor de los reflectores, que se le olvide a la gente, mantenerlo ocupado en donde no asome la nariz porque, ya nos dimos cuenta que tiene muchos simpatizantes y, en una de esas, hasta le anda dando la vuelta a Javiercito… ¿o me equivoco?

Para quitarle el mal sabor de boca tras la extensa lectura, le dejo uno de los más exquisitos textos del desaparecido dramaturgo, novelista, poeta y cuentista cordobés Emilio Carballido –al tío se la sigo guardando- por cierto, la Ruiz Cortines del año que entra la propongo para el escritor cordobés Sergio Pitol, no me aleguen que es poblano porque, desde pequeño ha vivido en Veracruz, en la zona del ingenio El Potrero y cada que tiene oportunidad lo reafirma, hasta en sus cuentos… pero además, si se la dieron a Fuentes, porqué no a Pitol, Fuentes no ha ganado el Príncipe de Asturias por su trabajo.

Lo cual me hace recordar aquella ocasión en la que, en el congreso del estado, Herrera Beltrán dijo que, en Veracruz, el que no es poeta, es hijo de… poeta; se lo dijo a Vázquez Cuevas, sin embargo, me permito corregirlo señor gobernador: lo que abunda en Veracruz son los cuentistas… y los cuenteros, la diferencia está en que, los primeros los escriben, los segundos… los cuentan.

Carballido –cuyo nombre sería dado al teatro del estado Ignacio de la Llave- escribió la siguiente pieza, ya sin más preámbulos:

Cubilete*

EMILIO CARBALLIDO

A Fernando Benítez

…tus minas el palacio del Rey de Oros.

RAMÓN LÓPEZ VELARDE

Como el ropero rechinaba roncamente al abrirlo, la esposa se dio cuenta de lo que Mario estaba haciendo.

– ¡Es el dinero del gasto!

–Te lo voy a traer al mediodía.

– ¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy? Es lo único que tengo.

Él asía aquel billete con la punta de los dedos, jugaba con él un poco y la miraba:

–Es que no tengo un centavo en la bolsa. Y siempre hay que pagar algo…

–¿Y cómo piensas que vamos a comer hoy?

–Que la comadre te preste, ¿no?

–Le debo ya treintaicinco pesos. Esgrimía el cucharón como si fuera un arma, y estaba tensa, en actitud de asalto. Así se vieron unos segundos. Luego, una corriente de apatía pareció circularle por las venas; despacio, fue a sentarse en el filo de la cama revuelta y vio hacia la pared con un gesto que borraba de la pieza y del mundo a Mario y sus acciones. “Qué fatigada estoy, haz lo que quieras”, parecía decir ese gesto.

Mario había vencido una vez más. Él vaciló un segundo y después se guardó aquel billete en la bolsa. Sonrió muy ampliamente, con su cálida simpatía que nunca había perdido.

–No se enoje, mi vieja. Nos vamos a comer a un restorán, ¿eh? A ver si ya estás lista cuando yo llegue. La esposa lo miró con escepticismo. Tal vez llegara y tal vez no, tal vez consiguiera dinero y tal vez no, y bien podía volver hasta la noche, o al día siguiente, porque así se portaba desde que andaba metido en la política. “Le pediré prestado a mi mamá”, pensó, y una cólera oscura la hizo apretar los dientes.

–Vamos a estar vestidos y sentados esperándote, aquí, sin comer, hasta la hora que llegues. A ver si nos dejas en ayunas–, mintió.

Él la besó, contento porque ya no había lucha. Se vio al espejo, pulcro, casi elegante, con su traje de dril muy bien planchado; ensayó una sonrisa, ensayó dos o tres expresiones faciales: se aprobó; la imagen respiraba prosperidad y confianza en sí mismo. Dio otro beso a la esposa y apresuradamente se marchó a la calle. Tuvo tiempo de oír el grito.

–¡Ya lo oíste: sentados en la sala, y vestidos para salir, y sin comer, hasta que llegues!

–Ya oí, mujer, ya.

Alcanzó a llegarle el rezongo final:

–¡Maldita sea la hora en que te metiste en la política!

Cerró la puerta con cuidado y de un salto subió al tranvía que pasaba. Cuando se bajó en la Plaza de Armas ya calentaba el sol. “Va a ser un día tremendo.” Cada portal mandaba desde el techo un rumor de aspas furiosas, y el mar soltaba brisas de vez en cuando, pero eso no era nada contra aquel vaho de horno que empezaba a subir del asfalto. Y apenas eran las 10 de la mañana.

En el portal del “Diligencias” ya estaban todos instalados. Mario fue saludando con expresiones muy variadas: –Qué tal, mi diputado–, cómo te va, cabrón–, general, cuánto gusto de verlo. Había unas tres personas a las que no conocía, pero muy pronto iba a saber quienes eran. Don Leonardo debía de llegar en poco más, y la espera se iba llenando con cuentos pornográficos, vaticinios de un gran cambio hacia la derecha en el gabinete, o de la inminente caída de un cacique local, o descripciones de la nueva, una muy buena que había llegado al burdel habitual con grandes novedades técnicas en su repertorio.

La conversación decayó, porque tardaba don Leonardo. Mario interrogó a Ciro por lo bajo:

–¿Quiénes son esos?

Ciro explicó que los más viejos querían sendas concesiones forestales, muy importantes. El cadavérico tenía interés en algo que no sabía muy bien, de pesca.

–¿Cuál me vas a dejar?

–Bueno, según lo que diga Argüelles.

–Claro, sí.

–A ver si el de la pesca.

Eran las once y media. Todos languidecían. E intempestivamente, había llegado don Leonardo, exageradamente pulcro, con su clavel inevitable en la solapa y el escaso cabello alisado a la perfección. No le gustaban las grandes cortesías: saludó familiarmente, le contestaron a coro: se sentó; hubo un rumor de sillas; todos imperceptiblemente corrigieron sus actitudes y adoptaron otras más tensas, casi como cuando entra al salón un maestro pavoroso, pero superficialmente amable.

Un mozo recogió, a toda prisa, las cervezas, aun las que estaban llenas, porque desde este instante se bebería solamente coñac. Empezaba esa larga, democrática tertulia tan conocida por los habitantes del puerto, algunos de los cuales se detenían un segundo para saludar a don Leonardo, con la esperanza de parecer después más importantes, aunque era bien sabido que él dedicaba a todos, conocidos o no, la misma familiaridad con palmaditas, la famosa, la fotografiadísima sonrisa y el mismo largo apretón de manos.

–Permítame que pague la primera–, solicitó Ciro con respeto. Mario no supo si alegrarse. Sólo tenía en la bolsa el billete sacado del ropero, cincuenta pesos nada más. Si cada quien pagara una tanda, él no sabría qué hacer cuando llegara el turno de la suya. Había quedado cerca de la cabecera, demasiado cerca para dejar pasar disimuladamente la ocasión de invitar. Y alguien sin un centavo perdía todo respeto, quién va a confiarle asuntos de muchos miles a uno que ni siquiera puede pagar la tanda de coñaques.

–No, no. El permiso de pagar le fue negado a Ciro. Que traigan el cubilete.

Mario respiró un poco: preferible el azar. Quiso valuar al cadavérico: no podía dar idea. Tal vez, seguramente casi, era otro intermediario entre el que verdaderamente hacía el negocio y el casi omnipotente poder de don Leonardo, que había de conceder, o no, la gracia solicitada.

“Si fuera cosa de cien mil”, pensó Mario, “son diez mil para Ciro, mil o dos mil para mí.” Las concesiones forestales eran mejores; hacía dos meses había caído una de casi dos millones, pero le había tocado a Sáenz. “Argüelles lo prefiere, le va a dar lo de la pesca.” La cadena era ésa: los hombres como Sáenz, o como Mario, prometían manejar todo; Ciro tomaba el asunto entre las manos para, secretamente, dejar que don Leonardo resolviera, y obtuviera en un rato de charla o en dos llamadas telefónicas la promesa verbal de que aquello se haría. Ciro, sin mencionar jamás a don Leonardo, recogería las firmas; los nuevos, como Sáenz o como Mario, hacían los trámites menores, las vueltas de una oficina a otra, nunca muy largas ni muy difíciles porque todos sabían el nombre que respaldaba aquello.

Humedecido de sudor, el cubilete iba pasando de mano en mano, sonaban las piezas de hueso dentro del cuero, rodaban en la mesa y cada quien decía en voz alta su puntuación:

–Dos pares.

–Tercia.

–Pachuca.

Mario notó que iban perdiendo todos: la cosa iba a quedar entre Argüelles y él. Por un instante se le alteró el pulso, tuvo una repentina resequedad en la garganta. Recibió el cubilete, lo sacudió y tiró, sin pensarlo siquiera. Le salieron dos reyes. Recogió tres dados. Sacudió. Estaba haciendo una difícil maniobra mental que consistía en pensar en otra cosa, en algo indefinido, y en la parte más oscura y profunda de la mente ordenar a los dados que le dieran el otro rey. Se lo dieron. –Tercia–, dijo con naturalidad, y se tomó la copa de un trago. A ver qué tanto hacía Argüelles.

Sonó de nuevo el cubilete en las manos del otro, rodaron los dados. –Hijos de la gran puta–, comentó Argüelles con mansedumbre. Era pachuca. Sacó el dinero de la bolsa y lo tendió al mesero: –Las otras, iguales. Pues los pedidos se pagaban al ordenarlos, según el código de la mesa.

Comentaban ahora, cautamente, que iba a jugar Argüelles para diputado federal. Con lo cual, la intimidad más próxima a don Leonardo quedaría disponible para otro, Ciro seguramente, y habría entre todos un arbitrario movimiento de escalafón, que iba a de pender de regalos, o simpatías, o complicidades de burdel, o de cantina, o repertorio de chistes, o seriedad, o esplendidez… tantos misterios y minucias de afinidades y preferencias en el trato personal.

Mario sintió, por largo rato, que él era el amo de sus dados. Con una zona oscura de su mente les daba órdenes, pero fingía no darlas y pensaba obstinadamente algo distinto mientras allá, en algún sitio en que las cosas no se formulan en palabras, él ordenaba: “un par de cincos”, “un rey”, “un as”. Luego, de golpe, algo falló. La docilidad de los dados se había encontrado con otro amo más fuerte en algún punto de la mesa. –Pachuca–, dijo Mario. Conservó un dado, un as. Tiró de nuevo: un par.

Le iban faltando fuerzas, lo sabía. Un trago más y perdería al fin. (Habían perdido casi todos, habían pagado casi todos, hasta don Leonardo.) “Pedir prestado.” Las dos palabras subieron flotando, como maderos que se desprenden de un barco hundido. Se aferró a ellas con pánico, vio rostros: Sáenz, Ciro, Argüelles… los demás amigos… Soltó los dos maderos, volvió a nadar con fatiga. Y ese ventilador, que no bastaba…

Iba a correr la nueva tanda cuando vio el rostro ansioso, el gesto tímido: alguien, junto a aquella columna, le hacía señas discretas y angustiadas. “Héctor Cervera.” Un hombre de otro universo, alguien que fue compañero de oficina y amigo, entre los muchos que ya no veía más desde que había obtenido un puesto sindical y por allí había entrado en el mundo de la política. No demostró haberlo visto. (“Hay que disimular, nunca se sabe”, otra de las nebulosas leyes en el código intuitivo de la mesa.) Se levantó, como si fuera a orinar, y entró al edificio; ahí, fuera de perspectiva para los otros, hizo señas a Héctor. Se abrazaron, se alejaron hacia un rincón.

A Héctor le habían pasado veinte desgracias: se le había muerto un hijo, había hipotecado su casita a medio construir. Y ahora la madre estaba muy enferma, en Baja California, ¿y con qué dinero iba a cruzar la enormidad del país, para llegar a tiempo? Mario escuchó con emoción (un tanto distraída) las desgracias del amigo. Todo aquello conducía a un préstamo. Sí, lo habría ayudado de haber estado en otras circunstancias. Pero ahora importaba más esa inmediata tanda de coñaques (¿y cómo carajos iba a pagarla?) y no podía sentir realmente todo lo que aquel pobre le contaba.

–La polio. Pobrecito. Era tu hijo más… Buscó la palabra. (El día anterior, don Leonardo le había contado un chiste a él, especialmente a él, a Mario, y eso quería decir…) –… más listo. Pobrecito. No supo continuar Apretó el brazo de Héctor. Y la mamá, tan grave del corazón, ¿con qué se le complicó? No entendía bien si los pulmones eran del hijo o de la madre, o a quién pertenecían los riñones enfermos, o el hígado. Tanta víscera, y él ya estaba tardando demasiado, lejos de la mesa. Pobre Héctor, verdaderamente lo sentía. Tan impaciente estaba, no, tan condolido, que pensó darle en un gesto magnífico (se vio haciéndolo) su único billete de cincuenta pesos, que al fin tampoco a él le servía de nada. Y una extraordinaria cadena se desenredó en su mente, dando un chasquido, con todo el brillo de un relámpago. Se quedó viendo al otro, críticamente, catalogándolo: ojos húmedos y humildes, barba de dos días, ropa limpia y descuidada, decencia… La imagen misma de quien tiene tratos con la fatalidad.

–Héctor, fíjate bien. Estoy sin un centavo. Pero me vas a repetir todo esto en la mesa, tal y como me lo has contado. El otro no entendía; procedió a explicarle velozmente. Volvió a sentarse; ya iba acabando la jugada y se dio maña para no tomar parte. Ninguno había advertido la duración de su ausencia. Circulaban los dados otra vez cuando Héctor se aproximó. Fingió no verlo, y así fue como Ortega le dijo a Ciro, y Ciro a Mario que lo buscaban. Alzó la vista: –¡Héctor! ¡Un viejo amigo! Salió del sitio, lo abrazó, tanto tiempo sin verlo. Ahora podía pensar en Héctor como en un ser humano, sin el temor del cubilete, sin la impaciencia de estar lejos de la mesa. Los sentimientos le fluían con tal sinceridad que el mismo Héctor se olvidó de que se habían visto minutos antes.

La escena volvió a correr, pero a la perfección. Ahora sí eran los dos viejos amigos. Casi sin darse cuenta, Mario alzaba la voz, subrayando las partes claves de la conversación, haciéndola vagamente inteligible para los espectadores. –Tu hijo el más chico… –Tu mamá… –En Baja California. Tan lejos. –Se va a quedar sola tu esposa, claro. ¿Y los otros niños? Ahora sí. Los pulmones fueron los del niño; el corazón, de la madre; el hígado, de la esposa, que quedaría sola si Héctor pudiera hacer el viaje.

Había terminado el relato. Mario permaneció serio, concentrado, sufriendo junto a Héctor, pensando con mucha fuerza: “¿cómo voy a ayudarlo?” Echó mano a la bolsa, vio a los demás. Tomó lo que parecía la decisión súbita de un corazón abierto: habló.

–Quiero que conozcan a un viejo amigo mío, Héctor Cervera. Se le murió un hijo; tiene a la madre enferma en Baja California… Casi se sorprendió al oírse la voz, enronquecida de emoción auténtica. Pudo explicar el caso con un patetismo discreto y eficaz. Remató con un gesto que por poco se pasa de impulsivo: tomó de pronto el sombrero de Sáenz y echó el billete único que traía, sin dejar ver demasiado de qué color era. –No puedo ayudarte con más. Pero yo sé que los amigos…

–Hizo un gesto. –Todos sabemos lo que es tener a la madre enferma, o dejar a la esposa sola. Héctor es un trabajador, como todos nosotros… Agregó unas cuantas líneas. Aunque todos sabían beber, a esas alturas ayudaba el coñac para bombear los sentimientos que invocaba Mario. Hizo circular el sombrero. Sáenz veía pasar su prenda de mano en mano, mientras iban llenándola de billetes. Cuando pasó por las suyas (“qué sudadas las tengo”) echó cien pesos de mala gana, pensando que el sombrero era nuevo y se lo iban a ensuciar.

Don Leonardo arrojó un billete que Mario no pudo distinguir de cuánto era, pero que hizo tragar saliva al cadavérico, pues él seguía, imposible ser menos. Y estaban los otros solicitantes, que contribuyeron también. El sombrero iba a volver al punto de partida, y se imponía que don Leonardo dijera alguna frase. Lo hizo: vio a Héctor con esa simpatía que irradian los grandes hombres y dijo, serio, poniendo ojos de idealista: –Sólo tenemos una madre en esta vida. Todos pusieron caras emocionadas y Ciro murmuró: –Sólo una.

El sombrero rebosaba billetes, y Héctor no sabía si sentirse como un payaso de feria o como un hombre muy afortunado. Mario lo abrazó, pero ya la vergüenza era excesiva; murmuró oscuramente su gratitud y huyó casi, al interior del edificio, con el sombrero entre las manos. Mario volvió a sentarse. Un silencio emocionado flotaba sobre la mesa. Estaba hecho, y ahora sólo quedaba alcanzar a Héctor y repartir equitativamente lo ganado. De pronto, el corazón le dio un vuelco: ¿y si Héctor se fuera con todo?

Empezaron a escurrirle goterones por la frente; era una suerte ese calor, porque también a otros, pero él sudaba frío. ¿Y si Héctor se fuera con todo? El cubilete sonó en las manos de don Leonardo. Iba a empezar la tanda y tendría que esperarla, íntegra, antes de ir a buscar a Héctor. Sáenz no sabía cómo formularlo, pero era su único sombrero. Dijo al fin: –Tu amigo… Tu amigo estaba tan emocionado… –Trató de sonar casual y divertido… –que se llevó mi sombrero.

Las carcajadas fueron tales que la gente se detuvo en la calle, para curiosear. A don Leonardo le escurrían lágrimas de risa. El cadavérico enrojeció. La emoción que habían tenido que sostener se rompía al fin del mejor modo posible. Aullaban, golpeaban la mesa. –¡Hermano qué bárbaro!–. Mario también se doblaba de la risa. –Voy a alcanzarlo. –No, no tiene importancia, déjalo. Y el pobre Sáenz trataba de reírse igual que todos, pero sentía que de algún modo el tiro de cubilete había salido en contra suya.

Mario se apresuró, actuando levemente en farsa. Fingió buscar en la calle, preguntó a un mesero y entró hacia el sitio convenido, el mingitorio. Ahí estaba Héctor esperándolo con el sombrero apretado entre los brazos, sin atreverse aún a valuar el fruto de la colecta. Lo contaron juntos, y a Héctor le dio un mareo, se apoyó en la pared y empezó a sollozar: nueve mil ochocientos cincuenta pesos. –Hermano, hermano. No atinaba. Al abrazar convulsivamente a Mario tiró el sombrero en un charco de orines. Lo levantó.

–Hermano. Se sonó, empezaba a serenarse. Mario se conmovió también, se le humedecieron los ojos, se sintió bueno, hábil, grande, generoso. –Dame nada más cuatro mil. Héctor sollozó en seco. No, no, no, hermano. La mitad, menos… Mario le echó el dinero a la bolsa. Lo dejó llorando en el mingitorio. La entrega del sombrero provocó nuevas carcajadas. Ciro le susurró a Mario en el oído que el asunto de pesca sería para él. Alguien hablaba de una vacante para un puesto pequeño: diputado local suplente (pero era un escalón, y hasta podría ser un buen escalón). Esa región oscura de la mente de Mario le prometió que sería suyo.

Tiró los dados: una tercia. Los recogió y supo que haría pókar. Agitó el cubilete, hizo sonar los dados como quien rueda una semilla en el vientre de un fruto maduro y en el tronido seco y hueco sintió que se agitaban montes y costas, campos agrícolas, peces, minas, ganado, la Patria entera de las lecciones de Civismo y Geografía. Tiró, para anunciar tranquilamente: –Pókar.

*Tomado del libro de Emilio Carballido. La caja vacía. FCE. México, 1962
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