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PALABRAS

17 junio, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

“He oído todas las cosas en el
cielo y en la tierra. Y he oído muchas cosas
en el infierno.”

Édgar Allan Poe

Hay un ensayo maravilloso de Álex Grijelmo –“La seducción de las palabras”, se llama— que más pronto que tarde será reconocido como un clásico del análisis lingüístico. “El más inteligente de los monos es incapaz de hablar, pero el más estúpido de los humanos podrá hacerlo aunque se analfabeto, porque el habla forma parte de una esencia innata, y la adquisición del lenguaje, el primer aprendizaje, no tiene relación directa con la inteligencia”, afirma en el primer capítulo.

A él quería referir estas líneas, a su convicción, basada en los análisis de Noam Chomsky, de que “la capacidad del habla se debe a la dotación genética del ser humano y, como explican los psicolingüístas, en lo esencial está impresa en el genotipo de nuestra especie”. Según mis planes, utilizaría su tesis de que “…las palabras que oímos desde niños, que escuchamos a nuestros abuelos, que leemos y acariciamos, son cerezas anudadas siempre a otras, y aunque las separemos con un leve tirón de nuestros dedos, mantendrán el sabor de sus vecinas, nos enriquecerán la boca con la savia que han compartido y se han disputado” para celebrar la herencia genial que significa nuestro idioma.

Preví que me solazaría escribiendo sobre las palabras como vínculo, como factor clave de integración en la sociedad y como herramienta eficaz para el encuentro, el acuerdo, la conciliación y, en términos muy prácticos, para la buena convivencia –de padres e hijos, de hermanos, de enamorados y amantes, de colegas, de vecinos, de gobernantes y gobernados—, en suma, sobre la palabra como poderosa arma de bien, constructiva y útil para todos.

Dudé sobre abundar en las palabras fáciles, las falsas, las destructivas, las usadas con ligereza e irresponsabilidad, las que justifican y excusan en lugar de proponer y acercar, las que acusan sin sustento, las inciertas, las sinsentido, las que distorsionan, alejan, agravian, enconan y destruyen, las que se dicen, se dictan o escriben rápido y de corrido sin medir consecuencias, las que incluyen promesas sabiendo que no serán cumplidas, las que no podrían estar anudadas –como las cerezas Álex— con honor, honra, decencia, respeto, sinceridad, bondad, servicio, gratitud, afecto, equidad, justicia, lealtad, cooperación, mesura, diálogo, certeza, convicción, acuerdo, autocrítica, compasión…

No estaba convencido de profundizar en este último aspecto precisamente porque mi idea, surgida leyendo a Grijelmo, era el elogio de las “buenas palabras”, una oda del lenguaje en el sentido más humano de la palabra, el lenguaje confiable, lleno de contenido, el lenguaje que suma, el que nos acerca y que nos hace representantes de una especie presuntamente “superior” al resto, que nos permite compartir las emociones y los propósitos más íntimos, es decir, el lenguaje que propicia sueños colectivos que pueden convertirse en realidades, que anticipa mejores sociedades, más justas, más armónicas, con menos sufrimiento y con optimismo fundado, es decir, comunidades bien organizadas de mujeres y hombres justos, con esperanza y gusto por la vida.

En esas divagaciones –propias de cada fin de semana en que pergeño mis letanías— me encontraba cuando recibí el artículo de Pepe Ferrer. Su entrega se llama “Estado Subrogado” en clara alusión a la tragedia en la guardería de Hermosillo. Comienza así: “No son pocas las áreas en las que, por ineptitud, negligencia o corrupción, el Estado mexicano ha abdicado de su responsabilidad. Son porciones en educación, salud, trabajo, economía, seguridad e, incluso, tramos enteros de la administración pública convertidas en tierra de nadie. Mejor dicho, transformados en cotos de poder, cedido o arrebatado al Estado, en disputa o bajo el dominio y la ley del más fuerte. A la larga, sin excepción, son fuente de riesgo y acecho crónico para el Estado en su conjunto y de abandono, precariedad y permanente indefensión ciudadana.”

Su tesis parece irrebatible. “Estado”, como ente jurídico, también se refiere a los 3 niveles de gobierno y a los 3 poderes en su acepción republicana en interrelación con las personas, la hegeliana sociedad civil. Visto bajo esa perspectiva y desde cualquier ángulo que se le analice, México está en serios problemas en casi todos los ámbitos de la vida nacional.

La vida de las naciones es el resultado de grandes esfuerzos. Ningún país —presente o pasado— podría presumir, en mayor o menor medida, de una historia sin penurias, sin dolores, sin dificultades, sin llanto y sin problemas. Es cierto que unos la tienen más fácil que otros gracias a su ubicación geográfica, a sus recursos naturales, a los esfuerzos de su gente, a la creatividad y constancia, al sentido de innovación y a la habilidad para aprovechar oportunidades. Es cierto que, si de trata de medir niveles de desarrollo, unas naciones han sido más exitosas que otras en la construcción de oportunidades, en la protección de los derechos sociales y, por supuesto, en la consolidación de sistemas institucionales que funcionan y leyes que se respetan y se cumplen.

Pero también es cierto que esos éxitos se vinculan directamente a la voluntad de las personas, al deseo expreso de vivir en comunidad y hacerlo de la mejor manera posible: gozando de libertad, de respeto y de los medios necesarios para crear y crecer –como individuos y colectivamente—. Esto implica renuncias y compromisos: limitar excesos en el disfrute de los derechos para evitar que se conviertan en privilegios, cumplir íntegramente las obligaciones incluyendo impuestos, trabajo comunitario, etc. Sin la acción de la gente, las instituciones no pasan de ser engendros teóricos inútiles y las palabras, recipientes vacíos. En este escenario, queda claro que harán falta muchas buenas palabras para cambiar el rumbo y darle viabilidad a México. Aunque es obvio que, en medio de la tormenta, por sí mismas y sin hechos que las acompañen, las palabras sirven poco o nada. Parece que llegó el momento de hablar bien y actuar mejor.

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