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LA ESPAÑOLA

11 mayo, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

El maestro albañil Pascual De León Lara era dueño de un pequeño terreno de cultivo en la comunidad de Bayona. Cierto día, De León fue al predio de su propiedad para pagar el importe de sus jornales a Carlos Nerilus, un peón al que tenía contratado para los trabajos de limpieza y explotación del sitio. Por lo que se sabe, Pascual pedía a Carlos que abandonara el sitio puesto que estaba por venderlo o lo había vendido ya y quería entregarlo “sin nadie” al nuevo propietario; se presume, además, que Pascual solía maltratar a su empleado y que incluso le adeudaba dinero. Según varios testigos, repentinamente surgió una violenta discusión entre ambos, luego de la cual Nerilus tomó un machete con el que hizo rápidos y certeros tajos a la cabeza de su patrón, cercenándosela.

Al día siguiente, un grupo de amigos y familiares de Pascual localizaron a Nerilus, gracias a la presión que ejercieron sobre las personas que conocían el paradero del presunto asesino y que, probablemente amenazadas, no tuvieron más remedio que “entregar” a Carlos, que permanecía oculto en un lugar conocido como “Los Alcarrizos”. Luego de ser atado y torturado, incluso con una puñalada en la pierna, Nerilus asumió toda la responsabilidad en los hechos, negando la participación de ninguna otra persona en el homicidio, explicando que su crimen fue consecuencia de los malos tratos que recibía y la negativa de Pascual para cubrirle los adeudos.

A través de una llamada a un teléfono celular, los ocupantes del vehículo en el que trasladaban a Nerilus confirmaron que el sitio al que se dirigían –la calle de “México”— estaba “limpio” de policías. “La jeepeta [pequeña camioneta de doble tracción] se parcó [estacionó] frente a la residencia de la calle 12 con tercera, donde era velado Pascual De León Lara, bajaron al amaniatado [amarrado] con una soga en sus manos, le dieron un tiro en una pierna hasta caer al suelo, sacaron un hacha afilada que cargaban en el vehículo y propinaron un primer hachazo en el cráneo, un segundo golpe de hacha en el hombro derecho y otro en el izquierdo hasta que la cabeza rodó hasta un contén [límite de la acera] de la calle 12, del populoso sector de Buenos Aires.”

La historia no tendría nada de extraordinario y sería, si acaso, una más entre las muchísimas crónicas tétricas que repletan las secciones de nota roja de los diarios, si no fuera porque Pascual De León Lara era ciudadano dominicano, igual que los que vengaron su muerte, y Carlos Nerilus era uno más del millón de haitianos que, huyendo de sus propios infiernos, buscando mejores condiciones de vida, permanecen de manera más o menos irregular en República Dominicana, haciendo todo tipo de trabajos y, como es visible, no siempre recibiendo en paz. Es la historia, también, de la violencia mortal como algo ordinario, cotidiano, que no sorprende ni a quienes son sus víctimas.

Los hechos ocurrieron a principios de mayo y detonaron un grave conflicto entre los dos países que comparten trescientos sesenta kilómetros de frontera y un destino indisoluble, dado que ambos ocupan los 76 mil kilómetros cuadrados de superficie de “La Española”, una hermosa y, al mismo tiempo, sufrida isla del Mar Caribe. Apenas el sábado, dos mujeres dominicanas fueron asesinadas en la parte trasera del Teatro Nacional de Puerto Príncipe, la capital de Haití, en represalia por la decapitación de Nerilus. Los gobiernos de ambas naciones realizan denodados esfuerzos por bajar el tono del incidente e insisten en la estupenda relación entre ambas naciones no resultó afectada y que, por encima de todo, debe prevalecer la buena vecindad.

Y no es para menos: un millón de haitianos equivalen prácticamente al diez por ciento de la población total de Dominicana, se calcula en más de seiscientos millones de dólares (no siempre fiscalizados) el trasiego de mercancías y servicios en medio de una frontera porosa, prácticamente abierta, en la que el francés, el creole y el castellano suelen [con] fundirse, mientras que los colores caoba y cobre en la piel hace buen tiempo que no son factores determinantes para identificar la nacionalidad.

Haití, en el extremo oriental de la isla”, huele a sufrimiento permanente, a penuria. Aunque fue el segundo país del continente en declarar su independencia (después de los Estados Unidos), de poco le valen a los haitianos sus expectativas libertarias; expoliada durante siglos por la Francia esclavista, durante decenios por los mismos Estados Unidos del “destino manifiesto” y el resto del tiempo por los propios haitianos, la nación caribeña ha sido escenario de las más crueles y repulsivas dictaduras de los tiempos recientes, como la de François Duvalier –Papa Doc— y su hijo Jean-Claude –Baby Doc— y traicionada por sus propios héroes, como Jean Bertrand Aristide, electo democráticamente en 1991, depuesto por una enorme movilización popular y reiteradamente acusado de corrupción y abusos.

Una larga cadena de golpes de estado, asonadas y confrontaciones sociales violentas (siempre con muertos, siempre con sangre en medio) pueden entenderse a la vez como causa y efecto de que Haití tenga la economía más pobre de todo el hemisferio occidental, enorme número de analfabetas, cientos de miles de personas en condiciones precarias, por debajo del nivel de subsistencia, numerosos crímenes violentos y, por ende, numerosos criminales, y la presencia obligada y permanente de soldados de la Organización de las Naciones Unidas para tratar de mantener el precario equilibrio político y social que se quiebra a la menor provocación.

Haití es el país cuyo gobierno impidió que un buque mexicano descargara ayuda humanitaria –específicamente medicinas y alimentos— según lo explicó su ministro de Salud, Alex Larsen, porque “en la actualidad no es propicia la llegada del buque”, debido a la fase aguda de gripe. Que se sepa, ni los fármacos ni la comida transmiten el virus, salvo que en “La Española” tengan otras evidencias.

El gesto enoja, enoja mucho.

antonionemi@gmail.com

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