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EMPEZANDO A QUERER

30 marzo, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

A propósito de la compleja relación bilateral entre México y Estados Unidos, el lunes pasado escribía yo que “por novedosa que sea la propuesta del nuevo Gobierno Demócrata, no se observa en ella la clave que todos seguimos esperando: el ataque frontal al consumo de enervantes que, inevitablemente, continúa siendo la fuente principal y causa sustantiva del problema. Como lo habría jurado Adam Smith, que mientras haya consumidores, habrá fabricantes y vendedores”.

Apenas dos días después, el miércoles, Hillary Rodham Clinton declaraba a la prensa –a bordo del avión en que la traía al Distrito Federal— “que la ‘insaciable’ demanda de drogas ilegales [en EUA] alimenta el narcotráfico y que la muerte de civiles, policías y soldados está muy ligada al tráfico de armas desde Estados Unidos a México”. Y ya el viernes, La Secretaria de Estado llevaba sus declaraciones al extremo, asegurando que los esfuerzos del Gobierno de EUA para evitar el consumo de drogas entre sus ciudadanos no han tenido éxito, por lo que consideró injusto culpar a México de la ola de violencia consecuencia del crimen organizado; dijo que el recrudecimiento de los asesinatos en la zona fronteriza “crea una situación por la cual la gente considera responsables al Gobierno y al pueblo mexicanos. Eso no es justo”.

Para algunos no serán más que palabras amables y, literalmente diplomáticas, sin implicaciones concretas en el futuro de nuestra vecindad con la aún potencia norteamericana. Para otros, este discurso de la señora Clinton representa la expresión de contradicciones y falta de cohesión al interior de una administración –la de Barack Obama— integrada con personalidades fuertes que no sólo divergen en sus criterios sino que además no se limitan para expresarlos públicamente.

Y es que apenas dos días antes, el Director Nacional de Inteligencia de los EUA, Dennis C. Blair afirmaba categórico ante el Comité Selecto de Inteligencia del Congreso que la narcoviolencia es responsable de que algunas regiones de México vivan en condición de ingobernabilidad e impide que el Gobierno Federal actúe con efectividad, causando con esa afirmación la ira de más de uno dentro del Gobierno Mexicano, al punto de que el propio Felipe Calderón se sintió obligado a responderle (“Que me digan en dónde no gobierno”, acotó), arropado por muchos otros declarantes que acabaron forzando al señor Blair a retractarse.

Tratando de mejorar su posición luego del impacto que causaron sus primeras afirmaciones sobre el narcotráfico en nuestro país, fue el mismo Blair quien contradijo un informe del Estado Mayor Conjunto de los Ejércitos de EUA presentado en enero, en el que se afirma que el de México, al igual que el de Pakistán, está en riesgo de convertirse en un “Estado fallido”; Blair dijo que no, que desde luego “México no está en peligro de convertirse en un Estado fallido” y se solidarizó: “La campaña de México [contra las drogas] es también nuestra campaña”.

Pero el dardo estaba lanzado y su veneno inoculado, dirán observadores acuciosos. Y no fue el único: además de la inclusión de “El Chapo” Guzmán en la relación de los hombres más ricos del mundo de la revista FORBES, la mismísima secretaria de seguridad interior de los EUA, Janet Napolitano, declaraba al Congreso de EUA –prácticamente al mismo tiempo que Clinton charlaba con los periodistas de su avión— que “la violencia en México es un ‘asunto significativo de seguridad nacional’ para Estados Unidos” y que por ello su país “no está en una postura de ‘esperar y ver’ sino de tomar acciones inmediatas para ayudar a México a confrontar la amenaza, así como proteger a los estadounidenses. El Departamento de Seguridad Interna está reforzando los recursos dedicados a esta misión”, dijo la funcionaria ante el Comité de Seguridad Nacional.

De cualquier modo, la retractación de Dennis C. Blair y los matices de la señora Napolitano, (quien se comprometió a profundizar las acciones para impedir el trasiego ilegal de armas a nuestro país y a coordinarse mucho más con las autoridades mexicanas), hacen pensar que la línea comprensiva y autocrítica –representada en primera instancia por el área diplomática— del Gobierno de EUA acabaría por imponerse como eje de la política bilateral, opción amistosa que tiene como apologista al mismísimo ex candidato republicano John Mc Cain, que no escatimó palabras en defensa de su antiguo aliado electoral: “Debemos hacer todo lo que se pueda para ayuda al presidente Felipe Calderón. Es un asunto serio”.

Este discurso de buenos vecinos podría no pasar de eso, de ser un discurso. También podría tratarse de una estrategia destinada a crear un clima grato, terso y optimista para la primera visita de Estado que hará Barack Obama a México –16 y 17 de abril próximos—; pero depende de México que no sea más que un “rollo” o por el contrario se convierta en una oportunidad histórica para recomponer los vínculos binacionales a la luz de un nuevo enfoque de responsabilidades compartidas, que trascienda las culpas y las acusaciones mutuas para dar paso a soluciones reales a los difíciles problemas comunes (no sólo el narcotráfico: la migración, el comercio, etc.).

Que Estados Unidos acepte al consumo de drogas como fuente originaria de la narcoviolencia tampoco es poca cosa; igualmente digno de encomio el que reconozcan su fracaso en las políticas que llevan a cabo para evitar que sus ciudadanos utilicen psicotrópicos ilegales. Se requiere una gran humildad y un deseo sincero de cambiar el estado de cosas para modificar tan drásticamente de posición como país como lo están haciendo, luego de años de transferir los costos del narcotráfico a quienes sufrimos las consecuencias incluso más que ellos: que EUA persiga en su territorio a sus propios grandes capos que hasta hoy operan impunes, que nulifique a funcionarios y policías corruptos de allá, que invierta mucho más dinero en la prevención y el combate de esas atroces formas de delincuencia, que contribuya a impedir el tránsito de suministros para el narcotráfico, principalmente armas, equipos electrónicos y precursores químicos y que obstaculice con todo el lavado de dinero y el tráfico de divisas ilícitas; es lo que se necesita de ellos y no sólo que nos responsabilicen a nosotros y nos den unas pequeñas migajas económicas, equivalentes a limosnas.

Vista en su conjunto la nueva política de los Estados Unidos y, particularmente, su agenda internacional, es posible que estemos ante una nueva era que supere la visión del destino manifiesto, del policía del mundo y el imperio que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo impone, por la buena o la mala. De vecinos obligados y socios por conveniencia, podríamos convertirnos en verdaderos amigos, incluso podríamos empezar a quererlos. Enhorabuena.

antonionemi@gmail.com

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