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RINOPLASTÍAS

17 marzo, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

Se ha documentado como un hecho cierto el que en el antiguo Egipto se colectaba el sudor de hombres sanos y vigorosos para usarlo como base de perfumes; quizá los fabricantes de compuestos aromáticos del viejo Nilo no tenían idea de lo que son las “feromonas” ni los efectos de éstas en el organismo humano pero con toda seguridad aprendieron de la experiencia en dónde están algunos detonadores de la atracción física (los famosos afrodisíacos) y usaron este conocimiento con eficacia.

Es interminable la lista de ensayos, tratados filosóficos e investigaciones científicas sobre la fisiología del amor, los distintos conceptos de belleza asociados a éste y, al final, la función reproductiva de nuestra especie que, aunque no nos agrade, es la única y verdadera razón –al menos desde el punto de vista estrictamente biológico— por la que estamos vivos: reproducirnos y preservar la estirpe, más allá de emociones y/o racionalismos.

Y se puede encontrar en ellos cualquier cantidad de explicaciones, más o menos plausibles: Afrodita, Eros, Cupido o bien las más recientes y aceptadas, que hablan del deseo de correspondencia afectiva y la capacidad de adaptación al ambiente por parte de hombres y mujeres como mecanismos de integración social y, por ende, de protección mutua y supervivencia.

Pocos conceptos universales –es decir, presentes en todo lugar y en todo tiempo— tienen más acepciones (muchas de ellas divergentes) y connotaciones como el de “amor”. La Real Academia Española de la Lengua reconoce varias: sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser; sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear; sentimiento de afecto; inclinación y entrega a alguien o algo; tendencia a la unión sexual; blandura, suavidad; apetito sexual de los animales; relaciones amorosas, etc.

Sin embargo y, a pesar de las múltiples posibilidades de interpretación, casi todos los expertos coinciden en que el amor, cuando se trata de relaciones de pareja, tiene como uno de sus principales componentes la apariencia física que, en principio, parece el principal factor de atracción entre individuos de la especie (no necesariamente de sexos diferentes, como es más que evidente en el mundo contemporáneo).

Algunos científicos como Devendra Singh, de la Universidad de Texas, han establecido escalas para medir el “coeficiente de atracción física”, llegando a la conclusión de que ciertos rasgos visibles están asociados a la convicción, probablemente subconsciente, de que una persona es más o menos fértil, tiene mejor o peor condición física y es más o menos fisiológicamente empática respecto del enamorado (a). Cierta proporción de cadera en mujeres, según el estudio de Singh, habla de buena salud, mientras que otra forma de cintura podría asociarse a enfermedad o debilidad.

En cambio, Charles Feng, académico de la Universidad de Stanford, analizó “a un grupo de bebés y observó que miran más detenidamente a las personas simétricas y, al trasladar su observación a los hombres adultos descubrió que ‘generalmente, los occidentales se inclinan por las mujeres con mandíbulas no demasiado pronunciadas, narices pequeñas, ojos grandes y pómulos salientes, todos rasgos asemejables a los de los bebés’. De hecho, según Feng, las revistas ‘Playboy’ y ‘Hustler’ eligen a las mujeres que ilustran sus páginas a partir de estos criterios, muy vinculados a la más pura ‘intuición masculina’. Para consagrar a una nueva conejita de Playboy, ‘seleccionamos a una mujer proporcionada y perseguimos la simetría’, señaló Bill Farley”.

Aparentemente habría una predisposición genética, una suerte de patrones estéticos que vienen con la herencia y que podrían explicar algunas preferencias y factores de atracción; sin embargo, tampoco hay que excluir el hecho significativo de que los prototipos de belleza suelen cambiar de una época a la otra y, en la nuestra, vertiginosamente; también hay diferentes preferencias en función de la región y, por supuesto, la cultura de cada comunidad; de esto, el mejor ejemplo son los piececitos deformados con zapatos de madera que, siendo el prototipo de la belleza sublimada en Oriente, a nosotros nos parecen no más que una práctica mutilante y atroz.

Lo que está suficientemente claro es que la sociedad moderna sustentada en la economía de consumo, en la competitividad y la apariencia, ha convertido al aspecto físico no sólo en un factor de la relación de pareja sino en una verdadera llave del éxito, al punto de que –literalmente— el cultivo del cuerpo (frecuentemente disfrazado de “vida sana”) se volvió verdadera religión para miles de hombres y mujeres. La moda, las firmas de diseñador y los costosos accesorios ya no impresionan a nadie por sí mismos (ratificando aquello de la mona vestida de seda) si no están sobre cuerpos esculturales, rostros tersos, lozanos y juveniles, sin arrugas ni manchas, sin “bolsas” en los ojos ni “patas de gallo”.

Convertidos en asunto de primera necesidad y justificados con los argumentos más sofisticados (el derecho a la autoestima o la necesidad de ser aceptados en los círculos familiares, sociales y profesionales, por ejemplo), los tratamientos estéticos para mejorar o de plano, cambiar la apariencia, constituyen hoy uno de los mercados en mayor crecimiento de toda la economía global que, algunos vaticinan, seguirá creciendo exponencialmente.

Cada vez menos traumáticos, cada vez más tecnológicos, estos nuevos recursos de la medicina estética y la cosmética se implantan rápido y se consumen con avidez, gracias a los déficits emocionales de miles de personas (¿clientes?, ¿pacientes?, ¿incautos?) que ven la solución de todos sus problemas en las mamoplastías (que achican o agrandan lo suyo a placer, con el invaluable apoyo del silicón), en las peligrosas liposucciones (ahora “lipoesculturas”), en el “lifting”, en los “hilos rusos” –y brasileños—, en la fotodepilación, en la dermoabrasión química o con luz láser, en los implantes de todo tipo, incluidas las adictivas y perecederas toxinas botulínicas, las mastopexias (le dejo de tarea el terminajo) y las técnicas –y bizarros instrumentos— para el alargamiento del pene.

Viejos queriendo ser jóvenes, así de simple. Pero si todos los que se han sometido a estos procedimientos –y los que seguirán haciéndolo— alcanzan la autoconfianza y la seguridad en sí mismos que están buscando, el mundo será mucho mejor. Bienvenidos entonces cirujanos plásticos, cosmiatras, urólogos, dermatólogos y maquillistas. Quizá algún día no muy lejano me decida yo a achicarme la nariz. Tal vez entonces encuentre más paz interior… aunque quizá sólo sea lo de de siempre: vanidad de vanidades.

antonionemi@gmail.com

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