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PERSPECTIVAS

9 marzo, 2009
Juan Antonio Nemi Dib

La canción lo dice con elocuencia: cómo es cruel la incertidumbre. Ni siquiera los videntes más dotados ni los pocos brujos que se toman en serio su chamba –y ya no digo los expertos financieros— han precisado cuándo y cómo terminará esta etapa cruenta de la economía mundial que nos tiene en ascuas, “con el Jesús en la boca” y a la gran mayoría de los ocupantes del planeta sufriendo penurias.

Algunos analistas se han atrevido a dar explicaciones respecto de cómo llegamos a este caos que parece causado por las acciones y omisiones de unos pocos privilegiados que, con toda seguridad, poseen cuentas bancarias abultadas como para no preocuparse de lo que está ocurriendo; a fin de cuentas las finanzas personales de estos vivillos están más que “blindadas” frente a la debacle; y no faltarán los que, en este río revuelto, vean incrementar sus fortunas gracias a la especulación, a la información privilegiada, a las ventas de pánico y, por ende, a las compras de remate.

Pero nadie ofrece siquiera un poco de certeza respecto de cuándo podría detenerse esta vorágine de pérdidas, enormes e impagables deudas, depósitos respaldados con déficits públicos y dinero de los contribuyentes, caída del consumo y destrucción de empleos productivos. En medio de la crisis esta falta de respuestas no es un asunto menor, dado que el mundo de las finanzas tiene como su componente principal a la confianza: a ningún inversionista le gusta perder dinero y por ende, optará por negocios seguros, con menos riesgo. Llegado el caso, los dueños del dinero preferirán desinvertir que perder. En otras palabras: la confianza y la certidumbre son elementos indispensables para la recuperación de la economía planetaria y, al menos por ahora, estos ingredientes no abundan en prácticamente ningún lado del planeta, México incluído.

George Soros, el famoso especulador que –literalmente— se hizo millonario de la noche a la mañana y puso en jaque al tesoro británico, acaba de afirmar “que la turbulencia es en realidad más severa que durante la Gran Depresión” y comparó la actual situación con la caída de la Unión Soviética. Soros dijo que la bancarrota de Lehman Brothers, en septiembre, marcó un punto de inflexión en el funcionamiento del sistema de mercado e incluso llegó más lejos con su categórica afirmación: “presenciamos el colapso del sistema financiero”. Aseguró que dicho sistema financiero “estaba con soporte vital y aún lo está. No hay señales de que estemos cerca del fondo”.

Paul Volcker, ex presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos y actual asesor de alto rango de Barack Obama, dijo que la producción industrial de todo el mundo está decayendo aún más rápido que en EUA, que de por sí ya se encuentra bajo gran tensión. “No recuerdo ningún momento, quizás incluso la Gran Depresión, cuando las cosas cayesen tan rápido, tan uniformemente en todo el mundo”, afirmó.

Hay quienes afirman que las medidas tomadas hasta ahora para contener los efectos de esta vorágine son insuficientes o, de plano, han fracasado. De hecho, después de aplicar fondos públicos de magnitud astronómica al rescate de las entidades financieras –el sobado ejercicio de socializar las pérdidas, que se endosan a los contribuyentes de dos o tres generaciones— las cosas siguen casi igual que al principio: amenazas de quiebra no sólo en el sector bursátil (ahora las armadoras de coches tienen el rol protagónico y habrá que ver a qué otros sectores deberá “rescatarse” en las próximas semanas), despidos masivos, contracción económica por todas partes y más exigencia de dineros públicos.

En México, la incertidumbre alcanza incluso a los responsables de conducir la política económica, empezando por Agustín Carstens, el Secretario de Hacienda, quien reconoció que “México vivirá todo 2009 en una situación de gran dificultad”; el funcionario aseguró que “lamentablemente el choque externo que estamos recibiendo es tremendamente fuerte, el mundo no había experimentado una crisis de esta magnitud desde 1929 que era la época de la Gran Depresión”. La visión del Secretario respecto de que la actual crisis económica era un superable problema de coyuntura (el “catarrito”) fue más que avasallada por la realidad, dado que su verdadera dimensión es la de “un gran tsunami del exterior”, según aceptó Carstens.

Aunque después el Secretario matizó su afirmación e intentó tranquilizar al público diciendo, contrariamente a Soros: “Yo no creo que vayamos a caer en una situación como la Gran Depresión”, lo cierto es que a raíz de su desafortunada declaración sobre el resfriado y la conversión de éste en auténtica pulmonía, así como la sutil descalificación que recibió por parte del Gobernador del Banco de México (“sus pronósticos son demasiado optimistas”, le espetó) a Carstens le bajó su credibilidad y de poco servirán sus creencias para dar sosiego a los mercados.

Las dos principales fuentes de ingresos externos de la economía mexicana –el petróleo y las remesas— se han reducido y no parece esto vaya a ser diferente en lo inmediato, quedando por saberse qué ocurrirá cuando venza el seguro comprado por Hacienda que, al menos hasta septiembre próximo, ofrece cierta estabilidad a las finanzas públicas.

Aunque algunos opinan que la devaluación, equivalente a la mitad del valor del peso, volverá atractivas las exportaciones mexicanas al mercado internacional, lo cierto es que la caída del comercio en el mundo entero es innegable y, por otro lado, los compromisos crediticios –públicos y privados— en divisas requieren de 50% más dinero para pagarse; la salvaje especulación contra el peso no cesa y el Banco de México ha rematado miles de millones de dólares de las reservas, intentando contener –sin éxito— la depreciación de nuestra moneda.

Yo no soy catastrofista –o no quiero serlo, mejor dicho— y menos exponerme a que me linchen por carecer de confianza y/o optimismo y por “apostarle a que le vaya mal al país”, pero lo cierto es que no hay muchas razones para suponer que las cosas están bien o, al menos, que se está haciendo todo lo que se debe para que mejoren.

Cuando veo la feroz disputa por la próxima cámara de diputados, más parecida al forcejeo por los despojos de una presa que a la contraposición democrática de ofertas viables de trabajo legislativo en tiempos de crisis y que todas las fuerzas políticas, sin excepción, anteponen el botín de julio a la solución de los graves problemas de México, cuando percibo la ausencia de un líder capaz de aglutinar a todos en un proyecto común, por encima de intereses facciosos, sólo puedo concluir, tristemente, que las perspectivas no son halagüeñas.

antonionemi@gmail.com

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