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ANTIDOPING

23 febrero, 2009

LUIS GUILLERMO FRANCO

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A políticos, estudiantes y trabajadores

Todos nos drogamos. La tolerancia social permite el alcohol y el cigarro. Pero ya sea de forma permanente o esporádica, algunos caen el extremo de un hábito terrible que disminuye la condición física y mental. Las inyecciones se unen de inmediato al torrente sanguíneo para excitar al individuo que ha optado por motivar sus inspiraciones personales con estupefacientes. Es preciso indicar que un pretexto de altura literaria, sería aquella excelsa línea del poeta Baudelaire: “Pero que importa la condenación eterna, a quien ha encontrado en un segundo lo infinito del goce”. Las palabras del erótico artesano de la palabra francesa, resultan en si mismas un consejo inmediato de la mundanidad. Una manera cruda de asentir la grandilocuencia (efímera) que nuestras neuronas poseen al reaccionar a la nueva química cerebral inducida por aspiración, deglución o incisión.

Esa deliciosa afición por hacer de la parranda, el contexto ideal para ejercer una potestad absoluta sobre un mundo precioso construido sobre naipes que caerán al momento en que el efecto de la dosis haya culminado. Una realidad inobjetable, son las experiencias cercanas a las adicciones asesinas. Recuerdo mi ingreso a mi Alma Mater, era un provinciano de 17 años en la Ciudad de México. En el análisis obligado acerca de los tipos de adoctrinamiento, los comentarios oscilaron desde el lavado de cerebro utilizado durante el régimen de Mao Tsé Tung en China, las técnicas de manipulación utilizada por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos para sus interrogatorios y hasta el manejo perverso de las sectas. En esa época universitaria, dos casos llamaron nuestra atención, el de David Koresh y el incendio en Waco, Texas y la noticia del momento: una organización conocida como Heaven’s Gate (Puerta del Cielo), estos tipos se suministraron fenobarbital y acabaron con la panza verde y una baba espesa sobre sus labios.

En ese ejercicio de debate, al profesor se le ocurrió que elaboráramos una supuesta carta póstuma. Una técnica académica propia de lo que algunos llaman guiones de socio-dramas. La siguiente clase fue discutida y colocada en el pizarron las líneas que se consideraron más adecuadas. La premisa fue que se trataba de un joven deprimido que había caído en la argucia del OVNI que vendría a elevarlo a la Puerta del Cielo. El texto era el siguiente: “Yo no sé si pudiera ausentarme mañana. Mis pensamientos de muerte me inspiran. Me gustaría contar con la oportunidad de un majestuoso desenlace vital. Acabar con la simpleza de un último suspiro que se escabulle, no tiene nada de meritorio, pues ese es el camino al cual todos nos conducimos. Morir puede ser un arte, pero esto no puedo dejárselo a la casualidad. Me siento solo, imbuido en un mundo de poco aliento y en donde las cosas que me estremecían la carne y sacudían mi corazón se han agotado. Debo planear la manera en que partiré del mundo de los terrícolas. Tengo que extinguirme como siempre lo he deseado. Pienso en una forma poética de matarme, de eliminar los atisbos de prosa tatuada en mi pecho: “Lupita mi amorcito”. Es imposible que mi cuerpo inerte sea uno más, sin originalidad, que vuelve ordinariamente a la tierra para nutrirla con mi putrefacción. Estoy seguro que ahora merced a tu entrometida lectura, estarás pletórico de angustia ante esta carta que –si triunfo- espero la califiques de póstuma. Pudiera mi humanidad ser un gran lienzo impresionista, abigarrado de tonalidades con mis alegres vísceras al descubierto en tono rojo, los ojos en blanco, los cabellos oscuros y la piel verdosa descomponiéndose, como la textura de una piedra de jade con lama.”

Ese documento fue producido por la coincidencia de tres personas, entre las cuales me encontraba. Esa tarea en equipo, pensé era producto exclusivo de la imaginación, pero poco tiempo después me percaté que estaba contribuyendo para ayudar a redactar una carta a un suicida. El tipo me parecía tranquilo, se llamaba XXXX y le apodaban “El Diablo”. Por la tarde, mientras me encontraba en la biblioteca, escuché las sirenas de “Patrulla UNAM”. Jorge estaba tirado sobre el baño con las narices repletas de cocaína. Fue traumático, lo admito, el tatuaje de amor a Lupita lo tenía en el hombro. Una semana me la pasé deprimido, encerrado en mis aposentos, había culpa en mi, pensé en la posibilidad que su carta póstuma no le hubiera agradado y por ende hubiera buscado otro amanuense y así extender su existencia. Ahora que escucho que el PRI hará antidoping, me parecería espléndido que en las escuelas y dependencias también pueda implementarse, como una medida para apoyar a la rehabilitación y no para discriminar.

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